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Vuelve Morir un Poco

Por www.cinearte.cl - 11 de Abril, 2006, 4:16, Categoría: Noticias y Opiniones

Dirigida por Alvaro Covacevich, la cinta fue estrenada en 1967 con escasas posibilidades de éxito y logró mantenerse nueve meses en cartelera, llevando 200 mil espectadores. Se trata de una particular precursora del llamado Nuevo Cine Chileno y su trama es la simple historia de un obrero, cuya rutina se reduce al trabajo duro y el veraneo en Cartagena, una vez al año.
Tras el golpe de 1973, el filme fue destruido y recién el año pasado el realizador encontró una copia en Alemania. El mismo la había regalado hace casi 40 años. Rodrigo González El gigantesco cine Windsor, el mismo que en 1977 serviría de principal vitrina para superproducciones como La Guerra de las Galaxias y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, tuvo 10 años antes una extraña vocación realista y acogió a una de las primeras películas del llamado Nuevo Cine Chileno. Sin más pruebas en la mesa que la desenfadada fe del joven director del filme, el dueño de la sala aceptó casi como un acto de buena voluntad dejar correr el filme por un par de días. El precio que pagaba era posponer el estreno en Chile de Zorba, el Griego (1964), ganadora de tres premios Oscar. Finalmente, la cinta de la Twentieth Century Fox tuvo que esperar algo más de dos días: contra todo pronóstico, la chilena Morir Un Poco extendió su permanencia en cartelera por nueve meses.
El largometraje es, históricamente, uno de los grandes taquillazos del cine local: en total llevó cerca de 200 mil espectadores. Sin actores profesionales, sin decorados, sin diálogos, con una banda sonora casi improvisada y una duración relativamente breve -75 minutos-, el primer filme del inexperto Alvaro Covacevich se transformó en una pieza icónica del celuloide que comenzaba a emerger en el país.
Sin ir más lejos, el largometraje precedió en algunos meses el estreno de Largo Viaje (1967), de Patricio Kaulen, considerada una de las obras fundacionales de la corriente, profundamente influida por el neorrealismo italiano.
Dada por perdida desde el golpe militar de 1973, la cinta -cuyo single promocional vendió alrededor de 65 mil discos de 45 rpm- fue encontrada en diciembre último en los archivos del Festival de Cine de Leipzig (Alemania) por su propio director. "La rastreé por aire, mar y tierra. Fui hasta las localidades más perdidas del sur de Chile, donde me dijeron que podía estar, la busqué en México e incluso pude reconstruir una copia medianemente presentable, con muchos minutos menos. Finalmente fue en Alemania, en este festival al que yo había regalado una copia en los años '60, donde se mantenía la película en excelentes condiciones", cuenta Covacevich, de vuelta en Chile para el reestreno del largometraje.
La flamante copia se exhibirá a todo público entre el próximo jueves 13 y el domingo 16 de abril en la Cineteca Nacional. El retrato de la rutina A pesar del escaso presupuesto con que se contaba al momento de hacer la película, Covacevich -quien se desempeñaba como arquitecto paisajista- se permitió una licencia formal que disparó aún más los costos: el color. El filme es uno de los primeros en usar este recurso en Chile -aunque el blanco y negro fue el dominante- y permitió a su realizador el contraste anímico y social que buscaba. "El color me sirvió para exhibir las playas de Reñaca y, en general, a la gente adinerada. El blanco y negro, en cambio, exhibía Cartagena, los barrios cerca del Cerro Blanco y, en fin, la rutina laboral de mi protagonista", comenta el director.
El filme no es un documental en el sentido estricto y se inclina por contar la hoja de ruta diaria de un obrero. Se trata de Luis Olivos, a quien Covacevich conoció mientras hacía tomas en el litoral central. "Encontré a este hombre en Cartagena. Veraneaba con su familia, una pequeña aventura que se daba una vez al año para romper con la dura rutina. Me costó mucho convencerlo para que fuera el protagonista de la película", afirma sobre cómo empezó a rodar el proyecto, sin un guión determinado. "Todos los días, el hombre sale a la calle a morir un poco, en vez de salir a vivir. De la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Y una vez al año, a la playa. Todos los días, la presión de las cosas, de los objetos: vea, vea, vea; compre, compre, compre; vaya, vaya…", afirmaba el realizador en una entrevista de la época, a propósito del éxito del filme. En la historia, la cámara de Covacevich sigue los pasos de Olivos, contraponiéndolos a escenas captadas en los bares y boites de aquellos años.
Sin tener un background cinéfilo especial -"debo reconocer que no sabía mucho de cine en esa época"-, el realizador logra reflejar con una transparencia extraordinaria la realidad de la época. En particular, llaman la atención las tomas de la vida nocturna en el Santiago de los '60, con pistas de baile repletas de oficinistas divirtiéndose un viernes por la noche. En Valparaíso, hay escenas que exhiben a la juventud del Puerto abandonada a la desidia. Es posible ver, por ejemplo, a un grupo de chicos simulando ser una banda de rock a las puertas de un gran edificio céntrico. Frente a los cuerpos torneados que frecuentan las playas de Reñaca, la historia se vuelve el sector de Cerro Blanco -actual Recoleta-, donde "me encontré con gente que vivía en cuevas. Eran como cavernícolas que se pasaban la comida unos a otros", cuenta Covacevich.
Las críticas fueron dispares. El comentarista del Berliner Zeitung habló de "uno de los filmes más impresionantes que he visto en mi vida", en tanto la chilena Jacqueline Mouesca cuestionó lo "esquemático" de un filme que "presenta a los pobres en balnearios pobres y a los ricos en balnearios ricos". Y hubo un fan: Salvador Allende, que no era precisamente un cinéfilo. Dice la leyenda que vio 10 veces la cinta y que de ahí derivó la venia a Covacevich para rodar Diálogos de América, donde se ve al presidente chileno conversando con Fidel Castro.